Caminaba pausadamente, el ritmo que la impulsaba era sensualmente invitador, un ligero balanceo de sus cabellos delataba la firmeza de sus pasos, los tacones guiaban sus piernas en magnífica procesión, el contorno de sus pantorrillas, evidenciando la belleza de la que se nutre la arquitectura clásica, se dibujaba perfecto en el baile de los pasos que la acercaban, milímetro a milímetro.
La mirada, penetrante, no vacilaba en tomar prisionero su objetivo, mientras éste se consumía en la inquietud y el anhelo.
Los cuerpos se acercaron, las pieles se sintieron y el calor que emana del deseo refrendó la cercanía de los mismos, ardiendo al tiempo que estallaba la intensa pasión que los consumía.
Sus manos, en la torpeza de la urgencia, tomaron e invadieron lo que los dedos se apresuraban a sentir, en las yemas que buscan el deleite de lo prohibido.
Dedos que al instante emergen entre las telas, descubren recovecos, pasadizos y senderos que explorar, se dejan llevar inquietas, y rozan, acarician, aprisionan, tocan y sienten, los cuerpos y su calor, la tibia atracción que envuelve a sus dueños y al paso disparan una y mil voluntades, erizan cabellos, estremecen músculos y olvidan temores.
Manos, unas que trepan osadas la espalda, retienen hombros, aproximan y descienden, en segundos se afianzan en los pechos que firmes aguardan el encanto de su cercanía. Las otras, livianas, se desenvuelven entre los glúteos tensos, la espalda, los músculos impacientes pilotando las ávidas manos, piel con piel, recorriéndose pulgada a pulgada.
Se respiran, jadeantes, los ojos buscando su reflejo, examinando sin ningún rubor el rostro que los cautiva; los oídos atentos a cualquier suspiro, a cualquier indicación de aceptación, deseando el permiso implícito en los gemidos, en la voz susurrante y queda.
Y los labios se hallan, primero en un roce, apenas sentido, reconociendo su presencia y la turbación de encontrarse al unísono; y tan pronto se convierten en bocas, bocas que reciben, bocas que agarran y lenguas que invaden y conquistan, sedientas de la posesión, cautivas del contacto y el deseo que las enardece.
No se separan, ni siquiera una mirada furtiva logra abrirse camino en las brasas que les consumen, ya las bocas no bastan, las lenguas se acobardan ante la pasión y no es posible frenar la zozobra que los invade, los dientes entran en escena y prenden en la carne, donde antes la fricción producía encarnados labios amantes ahora se yerguen flamantes dentelladas carmesíes.
Se sobresaltan, la una por la osadía de tomar cautivo a su amante con todas las fuerzas disponibles y el otro, más fogoso que asustado, por la imposibilidad de contestar a la invitación en aquellos instantes; la sala de espera de la terminal 4 no era el lugar más idóneo para un tórrido encuentro tras el largo viaje de vuelta de casa de sus padres por Navidad.

Travel makes one modest. You see what a tiny place you occupy in the world. (Gustave Flaubert)