Enmudeció, pero no fue el frío,
ni el viento del norte,
ni el agua que caía a borbotones,
ni siquiera la falta de aire.
Enmudeció, y fue tan simple
que no alcanzaron a entenderlo,
era extraño, increíble,
nunca visto ni estudiado,
pero enmudeció.
No le quedaban palabras,
había acabado con todas,
las cortas, las esdrújulas,
las que tienen sentido
y las otras,
las que te hacen amar
y las que odias,
y por las que te odian,
las viles, las amables,
las lisonjeras y las auténticas,
las que te envuelven en murmullos
y las que murmuran solas,
las había dicho todas, todas,
y no oyeron ninguna,
eran palabras mudas,
y en su boca sintió el cansancio,
el sabor acre de la espera,
el retorno completo de su eco,
sin absorción, sin merma,
no eran escuchadas, mudas,
palabras aterradas, sin destino,
inútiles, nacidas para el desaliento,
y las dijo todas, demasiadas,
enmudeció, y no fue el frío.

Silence is safer than speech. (Epictetus)