Me da por los destellos,
me da por las luces,
y por las sombras,
me da por mirar y acabar sin ver.
Y los ojos se me llenan de sal
intento mirar lejos, tan lejos,
que apenas distingo el agua del cielo.
Se me rompen los luceros
sin esperar el alba, no clarea,
pero la mar sube, siempre sube,
y anega mi cuerpo, ciego de no verte.
Busco luz entre los silencios,
y la busco lejos, la busco en lo alto,
piedra tras piedra,
entre las rocas,
entre los precipicios,
entre la arena fina
que cubre mis pies desnudos.
Pero el agua vuelve a su madre
y mis pies se hunden tan de poco,
que enraízo en la orilla virgen,
a oscuras,
noche cerrada,
noche callada.
