Despertó y en el despertar halló la cercanía en la que sentir la imperceptible respiración de su cuerpo, próximo y aún distante en el sueño.
Adivinó que su aliento, inquieto, se encontraba todavía vagando en orillas de mares agitados, donde las olas sin duda arremetían contra las peñas y de tanto en tanto refrescaban sus pies inmersos en el agua, pues podía sentir la frialdad de la espuma marina al contacto de sus propios pies bajo las sábanas.
Y quiso acompañarla en su sueño, depositando sus manos sobre su vientre, reparando en el rítmico vaivén que impelía el agua en cada una de las idas y venidas, pues su cuerpo danzaba con el viento y el mar en la palma de sus manos.
Y viajó con ella sosteniéndola sobre las olas, alzando todo su cuerpo al contacto y abrigo del suyo, tomó la forma de sus curvas para navegar imposible en los océanos de sus fantasías.
Y las manos treparon descuidadas por las velas que los portaban, al tacto de su vientre siguió la tersura de su costado, adivinaba en las yemas de sus dedos cada una de las cuadernas que formaban el casco de la nave, y al pronto tomó el control de la cubierta, afianzó la palma de su mano en la curvatura prominente de su pecho, formando un perfecto abrigo en el que fuera posible proteger el encanto de su cuerpo de los embistes de la mar.
Y en el sueño le arrastró el viento y la corriente, sus manos corrían en tropel sobre la cubierta, en un instante asegurando el roce con las interminables piernas que se agitaban convulsas en la tormenta y segundos después en la caricia de los brazos, los hombros, para ya sin apenas temor palpitar junto al pálpito de sus senos, en la rotundidad de los pezones, tan sensibles a la frescura del agua en que discurría su viaje.
Comprobó todos y cada uno de los signos que enmarcan la calma y la tempestad, atisbó los horizontes en todas las rosas de sus vientos y de su cuerpo, y decidió, con la fortuna de los viajeros experimentados, permanecer al resguardo.
Lentamente sus manos palparon la amura de sus muslos y quiso comprobar la fina piel que cubría aquellas curvas, acercó la boca a su vientre, ya podía percibir el salitre en su lengua, la finísima arena no quedaba lejos y en apenas un suspiro, lo que tarda una racha de viento en dar vida a las velas e impulsar la arrancada, se encontró navegando entre los acantilados, en el estrecho paso que las firmes piernas amparan.
Ya su boca, tan cercana a los meandros de la costa, no podía evitar estremecerse y solicitar el socorro de afortunados marinos con los que compartir la singladura, entreabierta al cercano cobijo, boca y lengua tomaron al asedio las nuevas tierras, bañadas de frescura.
Muy poco a poco se adentraron en su objeto de deseo y conquista, exploraron, besaron, reconocieron, tomaron, dibujaron mapas en los que la ilusión sucumbe al placer, vibraron impetuosas, bebieron de manantiales nuevos y caudalosos, acariciaron y sedujeron, incansables.
La tormenta arreciaba y el mar sucumbió a la fuerza de la pasión, rugía el viento entre suspiros y jadeos, el vientre nadaba imposible entre la fuerza de las olas, apenas un instante de calma en el valle era ferozmente sustituido por la cresta de la ola, espumosa y fuerte, sacudía los muslos y los elevaba junto a la nave, el refugio en la costa era batido por un mar embravecido que apenas permitía permanecer a resguardo. Se desataron lluvias y torrentes, cascadas de agua fresca emergían de las rocas y desembocaban, esperadas y alentadas por el contacto de la lengua frenética.
Sintió que el sueño, y el mar y el viento del sueño habían cambiado, los suspiros se tornaron en suave brisa y las olas cesaron en sus embistes, su cuerpo relajado volvía al agua en calma, a la ventolina de las mañanas que transcurren sin prisa.
Se acurrucó a su lado y la abrazó, sintiendo en su cuerpo aún la odisea del sueño que termina, mientras apenas una tibia luz bañaba el rostro que le miraba, sonriente.
