La cita

Sentados frente a frente, la tarde caía entre ellos con la imperceptible suavidad de los pétalos que mece la brisa en primavera. Habían decidido que aquella terraza con vistas sería un sitio ideal para este encuentro y ambos nadaban expectantes en un mar de improvisación e inquietud.
Ella había elegido el vestido blanco, entallado, de flores minúsculas, apenas visibles, de un bello color granate apagado que sin embargo resaltaba endemoniado sobre la tela, salpicándolo de motitas de rubor que le conferían un aire de tierna maleficencia. Los zapatos, con tacones cómodos pero hábilmente seleccionados para tornear sus esbeltas piernas destacaban sobre el empedrado de la terraza con su color carmesí, y dejaban entrever que la tonalidad de sus labios no era fruto del azar.
Él se había enfundado unos vaqueros, algo claros pero sin llegar a parecer raídos y una camisa gris, de manga larga y con los puños remangados de forma descuidada pero sin duda alguna calculada milimétricamente. Estas prendas le otorgaban un aspecto distraído y a la vez cuidado, y complementaban a la perfección los botines cordovan que calzaba.
Ella había observado con disimulado placer las formas ocultas tras su indumentaria, intentando adivinar en la luz del atardecer su cuerpo, pronto en su imaginación encontró brazos firmes que la envolvían y piernas que la sostenían en infinitos paseos.
Él depositó su mirada en el rostro de ella y fijó su atención en su sonrisa, mientras descubría dismuladamente el contorno de los pechos que se auguraban tras la inmaculada tela; presentía que aquellas marcas, ocultas pero evidentes con la inestimable ayuda de la fresca brisa culminarían sin duda unos senos firmes y desafiantes, propios de su joven madurez.
En su mente se agolpaban las caricias y los roces, los besos, y ya sentía en la palma de sus manos la tersura de la piel, la prominencia de los pezones que se ofrecían erectos.
Ella disfrutaba con su mirada penetrante y no podía evitar sentir un ligero cosquilleo recorriendo su cuerpo, al punto que sus pies permanecían inquietos y de tanto en tanto sentía la necesidad de cambiar su posición, rozando ligeramente sus botines, lo cual la sobresaltaba aún más y un pequeño estremecimiento invadía sus piernas.
Él contuvo el aliento unos segundos mientras su perfume envolvía el ambiente, sintió la mezcla de las rosas y la canela, unos toques de azahar y perfectamente escondida una suave fragancia de lavanda que no atinó a distinguir si era del perfume o de su propia piel, le vinieron representaciones de su cuerpo en la ducha, sus manos resbalando sin prisa por las curvas de su piel, ya cercanas al vientre enjabonado, dejándose caer con la pereza de las mañanas hacia sus muslos y rozando levemente su sexo, quizá en preparada evocación de este momento.
Ella observó sus manos, nerviosas, inquietas sobre la mesa y fraguó instantes de pasión en sus fantasías, arrastrada por una oleada de deseo al sentirlas en su espalda, cercanas a su cintura mientras aspiraba el calor que emanaba de su vigoroso pecho, dejó que la envolviera el entusiasmo y emitió un suave, breve suspiro.
Él se percató de su gemido y sucumbió a la tentación de soñar con cada uno de los sonidos que probablemente proferiría en sus brazos, mientras sus cuerpos se entrelazaban. Ya podía sentir el contacto de su tibia piel en la palma de las manos, recorriendo sus caderas, sus muslos, cada centímetro de su cutis que se sentía tentado a acariciar y besar.
Ella entreabrió la boca, ligeramente, su lengua reposo unos instantes en el paladar, se demoró un segundo sosteniendo la punta de la misma entre la hilera de dientes que asomaba entre sus carnosos labios.
Por cierto, cariño, ¿mañana te viene bien acercarme al dentista? Espero que ésta caries no estropee nuestro aniversario.