Dime, lo que tu alma siente,
dime, lo que tus ojos me gritan,
dime, lo que tu boca calla,
dime, lo que amas, porque amas,
lo que rehuyes, porque temes,
lo que deseas, porque sientes,
dime cada palabra que no dices,
cada sueño que te desvela,
cada suspiro que no respiras,
dime cada instante en que vives,
cada segundo en que mueres,
cada silencio, cada palabra,
cada razón y cada locura,
dime quién eres, dime.

Silencios
Te gritan, inundan tus oídos,
se ausentan en ti, perdidos,
te revuelven a martillazos mudos,
campanadas vivas sin parcas
que las tañan, embrutecidas,
los escuchas, los rehuyes,
se enquistan en tus deseos
naufragando en tus sueños,
berrean cuando los olvidas,
se desgañitan cuando callan,
y enmudecen en tu razón,
no sienten por infames
y no lloran cuando vocean,
plañideras sin badajo, discretas,
que aletean en los recuerdos,
se saben temibles, se pavonean,
se exhiben, desnudando tu voz
cuando ya la sabes inútil,
impotente y en silencio.

Palabras
Una a una se agolpan
justo en la boca, y las sientes,
una a una y te persiguen,
te desconocen y te olvidan,
te conquistan y te arrasan,
una a una, todas y ninguna,
revuelven tus sentidos,
envuelven tus latidos,
descerrajan cada paso,
encierran cada sentido,
una a una, las que callas,
por miedo, por cobardía,
todas y ninguna, por olvidarlas,
por decirlas, por pensarlas,
por vivirlas, una a una,
todas.

Gorrión
En la tormenta un gorrión,
en el instante, un vuelo,
y en el vuelo la voz que calla,
la voz que te impide volar,
mientras pienses, sientas, eres
y alimentes gorriones con las migas
de los silencios que te ahogan
no podrás escapar, remontar.
En la azotea de tu pensamiento
se amontonan las jaulas, los cepos,
infinitos gorriones, plumas rotas,
alas atrapadas a destiempo
en los círculos eternos de la vida.
Y en cada barba de cada pluma
el sueño que atrapa tu aleteo,
pesada carga para tan frágil nave,
te impide correr, despegar, huir,
renacer, tras la tormenta.

Lejos
Empecé a diseñar casas, sin ti,
donde las nubes rasgan las piedras,
empecé a saber hilvanar sueños
en los que no amanecía,
de tan oscuro,
maldita la noche que me dejan
los huecos entre tus palabras,
las risas sin sentir tu voz,
maldita la mano que me roba
lo poco que fui a tu lado
y lo mucho que dejé de amar
ya sin saber sentir,
maldita la espera, desesperada,
sueño efímero sin verdades,
donde pierdo la simple nota
de lo que nunca quise aprobar,
y me presento incierto en la huída
donde me oculto una vez más
para que las huellas no me pisen
lejos y ya resuelto, pero lejos,
sin el vaivén de las orillas,
la fiesta de las brisas, serenas,
donde ya no quedan miradas
que no amaguen el suspiro
por las vetas agotadas
de mi realidad.

Amanecer
Os acordáis de esa puta sensación de haberos levantado temprano para ir al trabajo, meter la llave en el arranque del coche, le das vuelta y suena, ña, ña, ña y aquel demonio de trasto te recuerda que no estás en Cancún al volante de un Porsche, que lo tuyo es Matalascañas y aquello que no arranca es de cuando se bailaba agarrao para no perder lo que más querías, que puede que sea el bendix o la batería o las pocas ganas que tienes de ir a fichar mientras la cama sigue caliente y echándote de menos, que las mañanas no se hicieron para perderlas y que pronto amanecerá y te lo vas a perder. De verdad te lo vas a perder?
Agarra esa poca mañana que te queda, ese cuerpo tibio que acabas de abandonar, esa sonrisa que aún te recuerda y vuelve a la cama de la que nunca debiste de salir, patoso haragán cantamañanas de media estrofa mileurista.

Noche
Ya casi te adormece, negra noche callada,
la que te olvida, la que no te sueña,
negra noche del pasado, sin ti,
envuelta en los silencios de tus pasos,
quebrada entre las razones que olvidas,
noche oscura en que buscas infatigable
no más que el fingido talento de mirar,
la mueca de las pasiones desenfundadas,
la rémora de las canciones olvidadas,
el pulgón de los capullos muertos,
el ábside caído sin campanas que le lloren.
Y tú, en tus olas, en tus versos,
revienta raíles, negro carbón,
para oscurecer aún más la noche, tan negra,
mientras sorbes los vientos en que ardes
sin poder fingir que te atormenta la luz,
la negra noche confusa te arropa,
entre las sombrías nubes sin vida
donde amartillas pasión y palabras
sin percibir el llanto que te abandona,
ya casi no las temes, voces apagadas
del caos en que habitas, sin verlas.

Corre, corre
Corre, corre que se apaga
la vela de la mirada,
sopla que te sopla,
la mariposa que te besa
y a ratos embriaga,
bate que te bate,
las alas y las manos,
sube, baja, arrasa con la vida
entre limones, entre aguas,
lava las prisas con un beso
y déjate mecer, querer,
ríete, en las bocas amadas,
en las manos abrazadas,
en los ojos que te miran
y en los silencios que te hablan.

De tan lejos, tan cerca
Entreacto entre dos seres, absortos en la vida de las razones, perdidos en las sensaciones, agotados en el encuentro disperso de las redes.
Apenas unos segundos al final del camino bastaron para regalarse sentimientos, la fría piedra, la mañana soleada, el invento de los horarios incorrectos, los rostros ocultos, los ojos presentes, la incertidumbre, la sorpresa y dos almas, la una temblorosa, la otra incrédula, la una perdida, la otra escondida.
En el roce, imperceptible en su esencia, se encontraron deseos y sentidos, en lo similar abstraídos, en lo diferente, plenos y entregados, gloriosos en la consecución, en el impetuoso vaivén de las formas en que se hallaron.
Unos pasos, una orilla en el empedrado entretejido en los traspiés de la comunicación, en las losas del paseo, y él se rindió a la evidencia, se entregó exhausto ante la inmensidad de las aguas que se le ofrecían, hilvanador de huecos entre las palabras ahora enmudeció a contratiempo, en el éxtasis de las olas, en el murmullo de las rocas.
Ella dibujó presentes y pretéritos, tiempos sin verbo y palabras sin miedo, en la firme osadía de una sonrisa, pluscuamperfecta conjunción de músculos que se alían sin temor, en los rostros que hablan sin articular voces, en el silencio de las miradas.
Entreabrieron las bocas, antes que los ojos, murmuraron deseos en la penumbra ante miles de pálidas estrellas, desearon, impulsaron, compartieron inequívocos instantes, la conjunción de un lapso tan breve como infinito en el que toda la tabla periódica entonó a capella ritmos suaves en lo frenético, vaivenes de azufre y sodio, en los que bailaban palabras y risas, hurtos a media voz del pasado y del presente, de la noche y la calma, la paz de los sentidos y el latido del presente; caminaron silenciados entre la brisa y compartieron la noche, infinita en su lejanía.
Respondieron a sus propias incertidumbres con el temor de la estrenada conciencia de verse, de los aleteos incansables de generadores de tormentas, miríadas de frágiles alas transparentes que se revuelven entre el abismo y la piel que los excita, apenas se rozan, apenas se escuchan en el silencio mientras pugnan mil miradas por encontrarse, por entenderse, dispersas en su origen, profundamente cercanas en su realidad y depositan en su noche, en su encuentro, la esperanza y la ilusión de derrotar sus perturbadas querencias, sus alocados deseos y fundirse, alma con alma, boca con boca, vida con vida, en el galope de las voces y los mares, en el sonido de las olas que se quiebran en sus manos, en la quietud de las calladas miradas que se profesan, tan cercanas, tan sencillas.

Flor del té
En la mesa había una tetera, una tetera de boca ancha, apenas una tapita mal colocada ocultaba sus secretos y una boquilla estrecha impedía que se derramaran sus sueños. En la tetera vivía hace mucho tiempo una flor, la flor del té, la flor se devanaba los sesos entre la madeja de algodón que la retenía, deseaba nacer, pugnaba por florecer pero los hilos eran demasiado firmes y la retenían inmaculada entre las aguas que codiciosas la adoraban, la envolvían, la acariciaban.
La blanca flor del té recibía con disimulado agrado los pretenciosos y cálidos mares que se afanaban en conquistar sus favores, permitía los mimos, los halagos y las atenciones que le prodigaban pero aún en las más extremas y ardientes pasiones se mantenía acurrucada entre las vetas algodonosas que la comprimían.
En lo más recóndito de sus pétalos guardaba los más penetrantes aromas, el olor de las montañas de su niñez, la fragancia de su adolescencia inmersa entre las brisas del otoño, el perfume de los lánguidos días en que su madurez sonreía antes de partir hacia lo desconocido.
Pero por más que codiciaban su esencia, la blanca flor del té negaba sus favores a todos y cada uno de los sofocantes y acuosos pretendientes, permanecía encerrada en sí misma, oculta entre la miríada de pétalos que albergaban los efluvios de su intimidad.
Y la madrugada la sorprendió, deshidratada, escurrida, en el alféizar de la ventana, mientras la oscura noche aún abrazaba su cuerpo y el sol filtraba ténuemente algunos rayos entre la cubierta y la boca.
El relente de la noche había depositado tan sólo unas gotitas de perlada agua en el envés de la tapa y ahora, el tímido calor de la mañana acumulaba el rocío en el borde de la inclinada porcelana, el peso, la atracción, quizá el deseo, hizo el resto y la gotita de pura agua se escurrió de la vertiente de la loza para caer, firme, resuelta y amante justo en el borde de un pétalo de la blanca flor de té, un pétalo ajado, un pétalo vencido y separado, un pétalo desmadejado que sin conciencia del momento, permitió que la fría gota de agua discurriera entre sus pliegues, sus apenas perceptibles surcos, para terminar invadiendo el mismísimo corazón de la blanca flor del té.
Y la flor enmudeció mientras gritaba, sollozaba mientras reía, se revolvía entre los algodones liberándose de la enmadejada cárcel que la aprisionaba y por fin, floreció y amó.
Cuando hago té, hago té —como decía la vieja madre Grogan—. Y cuando hago aguas, hago aguas
Dios le conceda no hacerlo en el mismo cacharro.
(James Joyce – Ulises).