En la mesa había una tetera, una tetera de boca ancha, apenas una tapita mal colocada ocultaba sus secretos y una boquilla estrecha impedía que se derramaran sus sueños. En la tetera vivía hace mucho tiempo una flor, la flor del té, la flor se devanaba los sesos entre la madeja de algodón que la retenía, deseaba nacer, pugnaba por florecer pero los hilos eran demasiado firmes y la retenían inmaculada entre las aguas que codiciosas la adoraban, la envolvían, la acariciaban.
La blanca flor del té recibía con disimulado agrado los pretenciosos y cálidos mares que se afanaban en conquistar sus favores, permitía los mimos, los halagos y las atenciones que le prodigaban pero aún en las más extremas y ardientes pasiones se mantenía acurrucada entre las vetas algodonosas que la comprimían.
En lo más recóndito de sus pétalos guardaba los más penetrantes aromas, el olor de las montañas de su niñez, la fragancia de su adolescencia inmersa entre las brisas del otoño, el perfume de los lánguidos días en que su madurez sonreía antes de partir hacia lo desconocido.
Pero por más que codiciaban su esencia, la blanca flor del té negaba sus favores a todos y cada uno de los sofocantes y acuosos pretendientes, permanecía encerrada en sí misma, oculta entre la miríada de pétalos que albergaban los efluvios de su intimidad.
Y la madrugada la sorprendió, deshidratada, escurrida, en el alféizar de la ventana, mientras la oscura noche aún abrazaba su cuerpo y el sol filtraba ténuemente algunos rayos entre la cubierta y la boca.
El relente de la noche había depositado tan sólo unas gotitas de perlada agua en el envés de la tapa y ahora, el tímido calor de la mañana acumulaba el rocío en el borde de la inclinada porcelana, el peso, la atracción, quizá el deseo, hizo el resto y la gotita de pura agua se escurrió de la vertiente de la loza para caer, firme, resuelta y amante justo en el borde de un pétalo de la blanca flor de té, un pétalo ajado, un pétalo vencido y separado, un pétalo desmadejado que sin conciencia del momento, permitió que la fría gota de agua discurriera entre sus pliegues, sus apenas perceptibles surcos, para terminar invadiendo el mismísimo corazón de la blanca flor del té.
Y la flor enmudeció mientras gritaba, sollozaba mientras reía, se revolvía entre los algodones liberándose de la enmadejada cárcel que la aprisionaba y por fin, floreció y amó.
Cuando hago té, hago té —como decía la vieja madre Grogan—. Y cuando hago aguas, hago aguas
Dios le conceda no hacerlo en el mismo cacharro.
(James Joyce – Ulises).