Todas las tardes, a la salida del colegio, el niño arrastraba los pies por el camino de la estación, los guijarros saltaban despavoridos cada vez que sus pequeños zapatos se acercaban al borde de la senda donde se encontraban los más gruesos, sentía que podía ser un gran delantero cuando con un puntapié lanzaba una de esas piedras a varios metros de distancia.
Todas las tardes el niño pasaba delante de un sauce llorón, éste mecía lentamente sus ramas y le saludaba con un arrullo de viento que serpenteaba entre las hojas, el niño se volvía y respondía al saludo quedándose totalmente quieto, dejando que la brisa ondeara su corto pelo mientras escuchaba el canto de las hojas y las verdes ramas, cerraba los ojos para poder escuchar mejor la melodía y respiraba lentamente para no interrumpir al sauce ni al viento. No entendía por qué un árbol que cantaba con el viento lloraba, a él le hubiera gustado que el viento fuera su amigo y estaba seguro de que no lloraría, de hecho él nunca había sido un llorón.
Pero cuando hacía mucho viento el árbol no podía saludar al niño, estaba demasiado ocupado intentando proteger las hojas que el viento le arrancaba y se llevaba lejos. El árbol intentaba juntar todas las ramas a sotavento, las mantenía todo lo unidas que podía para que las unas ayudaran a las otras pero a veces las rachas eran demasiado fuertes y las pequeñas ramas se partían o las hojas se desprendían marchando solas, algunas caían cerca y miraban al sauce con nostalgia pero otras volaban tan lejos que ya no veían al árbol.
El niño ya sabía que muchas hojas volverían al año siguiente cuando el viento se hubiera tranquilizado y el sol empezara a calentar las ramas del árbol haciéndolas más acogedoras, pero de todos modos le preocupaba que el árbol tuviese frío, así, casi sin hojas durante el invierno.
Los días que llovía, al niño le gustaba mirar cómo las gotas de agua resbalaban por las largas ramas hasta que caían al suelo, el peso del agua incluso las doblaba y algunas ramas quedaban tendidas en los charcos, entre los guijarros del camino. Le parecía que entonces el gran árbol no tenía consuelo, que lloraba sin parar.
Algunas tardes el niño se acercaba al árbol y sostenía entre sus diminutas manos las ramas más largas, las que casi rozaban el suelo. Creía que el árbol también quería jugar con las piedras y removerlas, y lanzarlas lejos pero las ramas eran demasiado débiles para mover piedras, “quizá lloraba por eso”, pensó.
Una tarde de primavera el niño salió del colegio arrastrando los pies por el camino de la estación, esperó que el sauce le saludara al pasar pero no oía su canción, el viento no entonaba ninguna melodía y por más que mirara, el niño no encontraba las ramas ni las hojas meciéndose a su paso.
El niño levantó la vista y vio una enorme valla publicitaria con un cartel de color verde, el niño no era un llorón, nunca lo había sido, no, pero se le llenaron los ojos de lágrimas al leer el anuncio del cartel:
“Por cada coche nuevo que vendemos plantamos un árbol para salvar el planeta”.

Para Quique, se te echa de menos, aún después de tantos años.