Recuerdo un relato, lamentablemente no el autor, de un niño al que todos creían que amaba los insectos. El niño pasaba la tarde con ellos, todas las tardes.
Sin embargo el niño se entretenía arrancándoles la cabeza, le fascinaba el ruidito que eso hacía.
Cuando eso sucede desconociendo el dolor que se causa puede atribuirse a la inocencia pero cuando se es consciente y el hecho se repite, tarde tras tarde, entonces es crueldad.
Y sinceramente, ni me gusta ni me encanta, pero admito que a veces ayuda a crecer y conocer la naturaleza humana.
Empatía: Participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona.
Diles que el viento es frío,
diles que la noche es oscura,
diles que la mar es profunda
y que la lluvia no son lágrimas,
que las estrellas son viejas
y las nubes no son deseos,
diles que los pájaros no vuelven ,
que el rocío es escarcha enfadada
y las mañanas son gélidas,
diles que las mariposas tiritan
y la hierba se ensombrece,
que la tierra ya no huele.
Diles que las manos,
las manos se estremecen
cuando no alcanzan las nubes
ni tocan las estrellas,
cuando no las baña el rocío.
Diles que los ojos,
los ojos se secan en la noche
por no ver los pájaros, ni la mar,
ni las mariposas, ni la hierba.
Diles, diles que no crezcan.
Uno a uno, los ciento setenta y cinco,
un solo santo y todos los demonios
ladera abajo parece que volaran,
nacen de la luz, mueren en la roca,
no hay final, azul oscuro de piedras,
se dejan la piel, el pulso y la razón
abandonados a su suerte, caídos,
en cada paso un ángel, un sueño.
Desde la ermita, ay, Catalina,
ya no los ves, ya no me ves,
los ciento setenta y cinco
ya no te guardan los destellos,
ya no te miran los silencios,
uno a uno te pierden, veloces,
gracias infernales se fugan,
dejan su sombra, sus noches,
lejos de tu capilla y tu cobijo,
se adentran limpios en el aire
que les lleva, les surca, apurados
a la piedra inerte, pie de santo,
donde el fanal nunca alumbra
donde las vigilias son eternas,
ciento setenta y cinco almas
entre la mar y tus demonios.
Un par un, les cent soixante-quinze, un seul saint et tous les démons descendant la pente on dirait qu’ils volent, naissent de la lumière, meurent dans la roche,
il n’y a pas de fin, bleu foncé des pierres, ils laissent leur peau, le pouls et la raison abandonnés à leur sort, tombés, à chaque pas un ange, un rêve.
cent soixante-quinze âmes entre la mer et tes démons.
Depuis l’ermitage, ah, Catalina, tu ne les vois plus, tu ne me vois plus, les cent soixante-quinze ne te gardent plus les éclats, ne te regardent plus en silence,
un par un ils te perdent, rapides, grâces infernales s’échappent, ils laissent leur ombre, leurs nuits, loin de ta chapelle et de ton abri, ils pénètrent purifiés dans l’air qui les emporte, les traverse, pressés vers la pierre inerte, pied du saint, où la lanterne n’éclaire jamais où les veilles sont éternelles,
cent soixante-quinze âmes entre la mer et tes démons.
No me cuentes cuentos
de princesas y ruecas,
de ranas y dormilonas,
no me cuentes cuentos
de príncipes y elefantes,
de lobos y niñas encarnadas,
no me cuentes cuentos
de criadas y escobas,
de zapatos y manzanas,
no me cuentes cuentos
para dormir soñando.
Cuéntame por qué te ríes
para reírme contigo,
cuéntame por donde andas
para andar contigo,
cuéntame lo que miras,
lo que escuchas, lo que callas.
Cuervos, cuervos negros como la peste
aletean incesantes en derredor,
aletean y te saben caído,
cuervos grandes, cúmulos,
atisban tu mirada yerma
en su voraz vuelo en picado,
incapaz de distinguir una brizna
de misericordia en esos ojos,
ojos que condenan almas, la tuya,
ojos que ven pasado y futuro,
el que olvidas, el que temes,
ojos que te auguran, ojos negros,
tiemblas en la sombra de los cuervos
que se afanan por ocultar la vida,
cuervos que te preñan, bastardos,
de la semilla airada en el placer,
del agrio sabor del desprecio,
la desconsideración de las muecas,
cuervos y ojos, unos vociferan,
los otros callan pero los escuchas,
voces de cuervos te sobregritan
exterminando fe y creencia,
te sangran los ojos de los cuervos
en las cuencas desiertas, arrasadas,
cuervos con tus propios ojos,
tus ojos negros que te miran sin verte,
tus cuervos negros que ya ni te miran.
Las calles te caminan desiertas
mientras evitas el tránsito de las miradas
esbozando sonrisas nonatas.
El hálito de los deseos que perecen
en los pasos, distantes, inciertos,
te acompañan imprevistos y errantes
solicitando la calma de un sótano oscuro
donde renacer, año tras año,
ahora ya lejos del cálido útero
en el pavimento frío y húmedo
azotado por viento y agua.
Percibes los inconvenientes de sentir
cuando los gestos te desuellan
a cada paso, a cada exposición,
como una amalgama de grises fundidos
que eres incapaz de apreciar, de tan oscuros.
Te abandonas confuso en las palabras
cuando tan sólo deseas algo de claridad
que te permita continuar, otra zancada,
sin que te atormente la hierba pisada,
los caminos visitados, las caídas,
y encuentras mapas inútiles y vacíos
incapaces de mantener el ritmo
frenético, desbocado, de tu mente
que sigue, recorre laberintos sin salida
mientras la poca luz te invade
extinta como tú mismo, a traspiés
y ya no esperas entender, ni aceptar
tan sólo no parar, caminar
mientras sientes aún el viento frío
que te despierta, que te gusta
cuando lo demás ya no.
Me marea la mar que no huele,
la mar sin rocas, sin sal,
la de las olas que retornan
a hundir mis pies en la arena,
la del murmullo imperceptible,
la invisible de agua clara.
Me enamora la mar que grita
la que fragmenta las piedras
y las lleva a lomos de su espuma,
la amiga del viento, la terrible,
la que me revuelve y ahoga.
Pero esa mar no se deja amar,
es fría, no me conoce ni quiere,
desdeña mis sentimientos,
es orgullosa y profunda,
fatiga mi amante mirada
envuelta en harapos de mi piel,
en cada ola me expulsa
lacerando mis exhaustos miembros
y me destierra de su lado.
Dile a esa mar que no me olvide,
dile que la buscaré entre la arena
de la mar que me besa.
Andas, andas y miras,
agitas tus pies, ríes,
en tanto que andas sin pies
ríes sin andar, ni te ves.
Distanciado, cauto, olvidado,
la marea de cuerpos sin boca
mira, mira y no te habla, anda.
Ojos en que te confías, solo ojos,
pasan mientras pasan los tuyos,
aprisa, aprisa.
Atropellados tus miedos,
apresurados tus deseos,
tapiada tu voz en el silencio
de la garganta que llora con tus pasos.
Miras, miras y buscas
bocas que oír, risas que ver,
ojos que confiar, detenidos,
sin prisa, sin espanto.
Forma entre formas,
breves, ansiosas, veloces,
gritas, embozas en tu miedo
la fascinación por esos ojos
que ríen, sólo para ti.
Pandemia, del griego πανδημία, de παν, pan, ‘todo’, y δήμος, demos, ‘pueblo’, expresión que significa ‘reunión de todo un pueblo’