Si me pinchas, ¿acaso no sangro?
si me envenenas, ¿acaso no muero?
No me hables de empatía, sensibilidad,
no me muestres magistrales sentimientos,
no me pidas que entienda sin ver,
sangro y muero, a ratos y en cada instante,
y a veces hasta olvido cegueras
y renazco, ecuánime y pérfido,
mitólogo y abyecto, objetivo y callado,
mientras me invade el silencio de las voces
y la algarabía de los rostros tornasolados.
No serán míos los que pretenden,
como no son míos los que desdeñan,
insumisos, insuficientes y sinceros,
pocos y callados, muchos y más callados aún,
me desvisten, arramblan con verdades ciertas,
y osan, sin dudar ni disimular, pero no son,
nunca, suficientes para creer,
abotargados para permanecer, insensibles,
magistralmente opacos a sentidos y palabras,
hurtados del alma que no empatiza,
de la lengua que no habla porque calla,
que no siente porque se muerde, y llora.
Sentimientos, quizá, pero no míos,
como no son míos los que pierdo
mientras aleteo incansable entre las voces
que no escuchan, sordas y ciegas,
ya sangro si me pinchas, pero ya no muero.

Non, je ne suis jamais seul
Avec ma solitude (Georges Moustaki)