Ah, tierno infante, triste infante
ignorante de pérfidas veleidades,
cuán amargo es el placer que no sentís,
cuánta la desdicha de no amar,
roto el desmán, perdida la cuenta,
¿acaso no mensuráis las afrentas?
Si os cabalgan deslomado
¿acaso vuestras cinchas no rezuman?,
si galopáis en desenfreno,
¿acaso vuestra quijada no llora?
Os sentís atrapado, inánime en vida,
roto en ausencia, triste,
y aún así, insistís, ¿sombra mía?
Perdido os hallo, desventurado,
os preguntan sin esperar respuesta,
taciturno sois, quizá silenciado,
pero no osáis gritar en alto,
por mor de aliviar penas, ajenas,
cuando las vuestras ya ni sufren,
ni son penas, ni tienen alma.
