Siniestra obra la que llevan los escritos
en mi piel, que hecha jirones hoy recito;
una tras otra, plegarias de mano santa,
alabanza vana de virtudes ya olvidadas.
No fui señor prudente ni diestro en el amor,
sucumbí a los engaños y a ciega tentación;
cándida alma que el demonio aprisionó,
débil fui en mis decisiones y en mi error.
¿Dónde anda mi coraza, mi escudo y mi lanza?
Debo partir sin más demora en busca de alabanza;
crueles martirios de osadías maldecidas,
dejadme ya marchar, almas ingratas y perdidas,
pues en vuestras manos jamás hallaré el perdón
ni la justa razón que consuele mi pasión.
¡Afrenta mía, hondo dolor de mis desvaríos!
Halagadme los oídos, regaladme lisonjas,
pues en el triste ocaso de mis días por venir,
recordaré las sinrazones que me hicieron sucumbir,
y la enorme desdicha, amarga y sin medida,
de no ver vuestros corazones en esta vida.