Me contaba cuentos
de jóvenes que ríen,
de columnas de tinta
que hablaban de su risa
y de la falta de su risa.
Listas en los diarios
que a diario se llenan de lágrimas,
cuentos de pueblos en silencio
donde abunda el polvo
y el hambre.
Me contaba cuentos
de caminos y bicicletas,
de misas sin Dios
y pucheros sin carne,
de la tristeza sin amor.
Cuentos de mentiras,
de pobres ignorantes,
no quedan hombres,
no quedan besos,
solo jóvenes en las cunetas
y cuentos sin risas.
Durante la II Guerra Mundial los pueblos pequeños de Alemania se quedaron sin hombres jóvenes, todos enviados al frente y muchos, demasiados, no volvieron. Todos los días los periódicos incluían una columna con los nombres de los caídos en una guerra cruel y absurda.
