Le hablaba

Ella sentía el aire enrarecido, algo así como una ligera bruma azotando sus sentidos, mientras volvía y revolvía la mirada en su búsqueda, adivinando que no estaba lejos.
Encontró una mirada, a poca distancia, una mirada que no esperaba, una mirada inquietante que hablaba y sentía, penetrante, que la inundaba de pequeños sueños. Encontró una sonrisa, franca y sencilla, una sonrisa que la miraba, como miran las sonrisas que se adueñan de las almas.
Abandonó la inquietud que otorga la sorpresa y rebuscó la mirada, retomando su sonrisa y fundiéndose, a su abrigo, en la calma de lo conocido.
Y escuchó la mirada, y vio que la mirada tenía voz y que la voz le hablaba.
Y halló términos desconocidos que la embriagaban, conversaciones apenas dichas que la perturbaban y alentaban su curiosidad; innatas reacciones a la caricia de las voces, al susurro que aletea en los oídos, profunda y sosegadamente.
Y comenzó a sentir el reguero de pasión que invadía su presencia, el encanto de las palabras que mimaban las ondas que percibía, sutiles y a la vez sonoras, expresivas y audaces. Escuchaba mientras el goce del discurso se atribuía todo el protagonismo en sus oídos, escuchaba y sentía, absorta de realidades vanas.
Y en su piel el lenguaje se tornó osado, maravillosamente impúdico, invadiendo cada uno de los pliegues que tan sólo el aire había pretendido, aire que ahora abandonaba la lucha vencido y arrastraba consigo el silencio y el vacío.
Cada una de sus células se tornó viva y arriesgadamente dichosa, brincaban en sus venas las más ocultas historias y los diálogos profundos, eternos e imbuidos de la razón que la elocuencia otorga incluso a los memos.
Todo su cuerpo hervía incansable con las palabras pronunciadas, con los rumores que el habla le brindaba y halagaba sus oídos.
De poco en poco cada vocablo se fue adueñando de su voluntad, inmersa en los relatos no atinaba a descifrar el embrujo que le producía aquel placer y se abandonó a la lujuria del sentido oculto en las voces.
Su rostro reflejaba con precisión la dicha, el goce y el disfrute apasionado que nutría su cuerpo y su mente, apenas atinaba a proferir un leve suspiro de asentimiento cuando no de admiración y callaba por no interrumpir.
Las palabras habían tomado posesión de ella, su vida era el discurso de la prosa y el canto de las rimas; su ser, todo su ser, era lenguaje y palabra.

Be silent or let thy words be worth more than silence.  (Pythagoras)