En mi senda el suelo se desvanece
al ritmo que marcan mis pasos cansados
agujeros insondables en que fluyo
de lo pasado a lo perdido,
de lo amado al olvido,
sin duda mis pisadas me rehuyen
como yo temo a los largos días
y siento que mi cuerpo tiembla
azorado por los persistentes pensamientos
en que me veo, me resulta doloroso
sentirlos, saberlos ahí, sin quererlos,
lacerándome al mismo instante de su parto,
con el andar vacilante, estrecho camino
para tanta carga, tanto tormento.
Las piedras retornan el eco, el quejido
del afecto que se estremece
aplastado, estrujado, humillado,
relegado a molestia, a sinsabor.
Esquivo en cada huella la realidad
mientras, aún, me conmueve la sensación,
el deseo y la gratitud de haber sido.
