Fase X

No bien hubo acabado el destierro que le retuvo aprisionado en aquella aparente tierra de cortesanos y meretrices de todas las estofas, se dio cuenta de la inutilidad de los subterfugios que utilizaba para no expandir su alma.
Era tan manida su persecución de la cotidianidad loable, del aplauso meritorio y disciplinado que nunca antes alcanzó a desdeñar ese atisbo de plena satisfacción que enardece a los incautos en la búsqueda de su bienintencionada bondad, atrancando al unísono y diariamente el cerrojo del pensamiento mientras se dejan aniquilar por cantos de sirena, tan hermosas y sutiles como inútiles y asexuadas.
Permaneció absolutamente inmóvil, retando cada una de las intenciones que le acosaban, fustigándole a la continuidad en la obtención de los logros minúsculos que se ocultaban tras esas imágenes, las suaves luces tan bien alineadas, tan bellamente dispuestas para alimentar retinas insulsas y adormecidas.
No quiso interpretar ninguna de las frases que se le presentaban, no anhelaba ya entender la conciencia social de la belleza sin maldad, de los parabienes amados, queridos, las letras poéticas que revelaban el paso de hermosas gestas y deseos en los que espejarse y sumergir sus hilvanados principios, tan cautos y alindados.
No deseó escuchar ni compartir el sonido de las bellas melodías que antaño arrebolaban su ser invadiéndole de ternura y complejos reblandecimientos de cariño que no debían postergarse.
No, cuando terminó el destierro no regresó, no volvió a ser el mismo, no contuvo sus ansias ni un segundo más y decidió que su futuro merecía ser vivido lejos de la cárcel en que ahora moraba, y en ese mismo instante cerró la sesión y apagó el ordenador.