Calle vacía

Erase que se era un vecino, un vecino como los nuestros, este vecino vivía en un bloque de apartamentos en una pequeña ciudad, como la nuestra, pegadita a la costa y llena de gente en sandalias los días de calor y en sandalias con calcetines el resto.
El vecino tenía unas vistas maravillosas del puerto, todos los días veía cómo venían los barquitos, los grandes cargados de gente y de cosas, los de pesca que traían manjares exquisitos del fondo del mar perseguidos por las gaviotas, y los más chiquitos con marineros de fin de semana, jovencitas dorando sus cuerpos y una algarabía de niños que no tenía nada que envidiar a las gaviotas; a veces tenía que cerrar la ventana porque el humo de las calderas le molestaba un poco pero la vista lo merecía.
El vecino se sentaba en la terraza a tomar el desayuno y pasaba un par de horitas contemplando a la gente que iba y venía, algunos cogidos de la mano, otros dialogando sobre el futuro, los niños y los cruceros que soñaban hacer. Y si llovía, si hacía mal tiempo, se quedaba absorto, con la nariz pegada al vidrio mojado contemplando el enfado del mar, escuchando su rabieta y pensando en las pobres gaviotas que estarían mojándose.
Pero un día el vecino se asomó a la terraza y sólo vio a una pareja, lejos, casi no podía distinguirlos, se cogieron de la mano y se dieron un beso, pero se fueron muy aprisa, como si tuvieran miedo. Al vecino le extrañó que no hubiera nadie más y le extrañó la prisa, pensó que a lo mejor es que venía mal tiempo aunque el barómetro de la pared marcaba estabilidad.
Al rato se volvió a asomar y no vio a nadie, parecía que hasta las gaviotas se hubieran ido y se dio cuenta de que el barco cargado de gente y de cosas hoy no había llegado.
En la esquina apareció la cabeza de un perro, y tras la cabeza una correa y tras la correa un joven con la mirada perdida, pero dieron la vuelta, también tenían prisa.
Miró a su mujer, algo extrañado pero no le comentó nada, no quería preocuparla por tonterías, al fin y al cabo ella siempre estaba pendiente de sus achaques y esa maldita tos que no le dejaba respirar. Lo que más le gustaba era cuando le cambiaba la botella de oxígeno y le llegaba ese airecito fresco a la nariz, ponía cara de niño travieso y su mujer le miraba con ternura y se reía, le gustaba verla así pero nunca se lo decía porque ella ya lo sabía.
El vecino se sentó nuevamente en el balcón, movido por la curiosidad, esperaba ver el bullicio de las mañanas, escuchar los gritos, hasta echaba de menos ver a las palomas en las mesas del café de abajo, esas que siempre andaban ensuciándolo todo, pero no vio a nadie.
Y así pasó los días, mirando la calle, pero la calle no podía mirarle a él porque estaba vacía. Su mujer andaba a sus cosas, siempre ocupada arriba y abajo, él no le prestaba demasiada atención cuando estaba por casa y eso que seguía siendo muy atractiva, algo más menudita pero conservaba todo el encanto de su juventud, él no se lo decía muy a menudo porque al fin y al cabo ella ya lo sabía.
Después de un tiempo el vecino vio que la calle iba recuperando a la gente, veía parejas de la mano, niños correteando, incluso alguna pelota que rebotaba en el suelo, demonio de niños siempre ruidosos; la calle había vuelto poco a poco a la normalidad.
Entonces el vecino se giró y se dio cuenta de que algo faltaba, alguien ya no estaba y a él no le dio tiempo a despedirse, de decirle lo mucho que la amaba, aunque ella, ella ya lo sabía.

Is it really possible to tell someone else what one feels? (Leo Tolstoy, Anna Karenina)